Usamos de excusa el frío
Para cubrirnos con capas
Que escondan el verde hastío.
Con la maestría que da
Saberse Dios de las olas,
Me convierto en caracola
Para quedarme en el mar.
Siendo el agua y la sal
Nuevo hogar de esta costra,
Desgastada en las horas
Presa de este Amaral.
No hay país ni travesía
Capaz de erosionar
Esta eterna simetría.
Amar.
Levantó la vista Morfeo,
Aclaró su seca garganta,
Arena de sueño y ganas,
Y escupió en un balbuceo.
"Maestra, por mi traición
Acepte al menos el trofeo,
Desde los labios de Orfeo,
A su perdida razón."
No existe en mi reino hogar
Ni en tu bolsito sueños
Que te conviertan en dueño
De lo que quieres comprar.
Y no te vendo perdón
Ni tampoco lo regalo,
Que desde el trono robado
Te condeno, ladrón,
A ser el rey de mi Estado
En un puesto de prestado
Porque en todo mando yo.
Despegar gotas de lluvia
De tu agenda equivocada.
Responder a una callada
Vergüenza que todo enturbia.
Manchas de aceite en papel,
Mentiras que nos agotan
Para dejar en pelotas
Verdades que algunos ven
Cuando las llevan las otras.
En este plato de sobras,
De ajo, perejil y gotas
Que nadie moja con pan
Por no llevarse y tragar
Con lo que a usted se le antoja.
Váyase yendo y recoja
Con cristiana caridad
Esa maldad que remoja
Lo que sale de su boca
Con la actitud de quien no duerme
Quedo mirando tu fuego,
Llorando, por recordarme
Que no te tendré luego.
Ni siempre.
Es la receta mi testigo
Y el azafrán la razón
Por la que a falta de abrigo
Busco pelusas de ombligo
Para aplacar mi corazón.
Y su castigo.
Será la edad, será la ciencia
O la labor de mi conciencia.
Desenmascara la indecencia
De disfrazar concupiscencia
Con religión.
Paciencia.
A la salida del lago y sin su capa raída, India reía.
Había creído (o decidido creer) en las palabras de aquel anciano.
- "Por ti siempre alguien dará el paso."
Y fue tan fácil abandonarse a la idea de aquel destino.
Libre de libertad, qué más podría desear.
Y caminó sin pensar adónde
Lloró sin medir cuánto.
Amó sin importarle a quién.
Hasta que la coraza impuesta del demiurgo se le empezó a quedar pequeña.
Y quiso salir de un dónde.
Soñaba alcanzar un cuándo.
Lloró por no amar a alguien.
El viejo le había mentido. Nadie daría el paso por ella.
Saltó vestida hacia el agua.
Salió desnuda. Salió despierta.
Mientras en la orilla opuesta del lago, el anciano reía...
A los ocho años lo vi por primera vez. Vivía a los pies de mi cama y se alimentaba de piel y legañas.
Un día, en su recolecta nocturna de provisiones debió encontrar oposición por parte de algún lagrimal mío, o tal vez tropezó con una pestaña vaga, pero el descuido o la mala suerte lo llevó directo a mi fosa nasal, provocando un estornudo y el consecuente desconcierto por ambas partes.
No era la primera vez que nos veíamos, pero un pacto tácito me llevó a callar y dejar hacer.
Nunca nos habíamos cruzado en nuestras tareas (dormir y recolectar) y frente a esta nueva situación la reacción se hizo esperar.
El golpe le dejó mareado y destartalado sobre mi cama mientras que el despertar repentino me mantenía semiinconsciente y el sopor aún nublaba mi visión.
Tardamos unos segundos en decidirnos.
Yo me agaché y él se acercó a mi oído.
El contacto era inevitable así que lo mejor era llegar a un nuevo acuerdo cuanto antes.
Fue la única vez que oí su voz, dulce y reducida, una voz joven de siglos atrás.
Sólo tres palabras me dijo:
- Un secreto semanal.
Esa era su oferta. Libertad para actuar como antes a cambio de un secreto a la semana.
Estaba tan excitado y a la vez tan casi ausente que no me atreví a preguntar más. Asentí con la mirada y me dispuse a dormir de nuevo. Ya descubriría qué y cómo me desvelaría esos secretos.
Los primeros días me acostaba nervioso y madrugaba exaltado, en busca de una nota bajo la almohada o escondida en las zapatillas. Otras veces imaginaba que me despertaría a media noche para contarme la buena nueva.
Pero nada de eso ocurrió. Cada vez me costaba más dormirme hasta que, víctima del cansancio y el insomnio caí presa de un sueño pesado e inesperado.
Así fue como empecé a saber cosas.
El hombrecillo verde se volvió más cuidadoso y apenas lo veía ya, pero una vez a la semana me despertaba sabiendo algo nuevo.
A veces era sólo comprender una fórmula o asimilar una teoría. Las semanas afortunadas descubría nuevos sentimientos o sensaciones desconocidas.
Y así me trajo el amor y la amistad, la gravedad o el complemento del nombre, y las ganas de viajar
Sin embargo con cuantas más cosas yo sabía más huraño se tornaba el hombrecillo, y poco a poco dejó de moverse. Le cogió cariño a la cama y allí pasaba las horas. Hasta que un día dijo adiós, y tuve miedo de conocer todos los secretos que él tenía.
Hace tiempo que dejé de ver al hombrecillo verde, pero algunas veces, cuando me levanto, siento que me visitó esta noche, y junto con su cesta de piel y legañas se llevó también un secreto de vuelta, que fue compartido y dejé de usar, dejando espacio para crecer a otros y dándole a él algo para recordar
Sobre la palma, la aguja.
Bajo la aguja capaz
De dibujar el camino
Sin señalar el destino
Que nos dará de besar,
Está la línea parda,
Amiga oculta que guarda
La indiscutible verdad:
Que igual que une, separa,
Y sin tocarnos ampara
Nuestro secreto en el mar.